En esta travesía por la provincia de Buenos Aires visitamos tres destinos que, aunque distintos en paisaje y clima, tienen en común la calma de lo verdadero: La Niña, en el partido de 9 de Julio; Isla Martín García, en medio del río de la Plata; y Beruti, en el borde pampeano de Trenque Lauquen. Tres Pueblos Turísticos bien bonaerenses.
La Niña, una estación en pausa
Apenas uno se desvía desde la ruta 65, después de pasar por 9 de Julio, un cartel oxidado anuncia “La Niña”. Ahí empieza el viaje hacia un pueblo que parece suspendido en otra época, donde la estación de tren, con su andén partido por los yuyos y su galpón de chapa oxidada, guarda un silencio casi litúrgico.
Fundado a comienzos del siglo XX alrededor del ferrocarril, La Niña fue una de esas pequeñas promesas de progreso bonaerense. Hoy tiene menos de 500 habitantes, calles de tierra, arboledas añejas y una capilla que aún repica los domingos. Su famoso almacén, donde se vende pan casero y fiambre fresco, también es oficina de correo y lugar de encuentro.
La mayoría de los turistas están en busca de la desconexión, de poder comer algo rico y conocer la vida de un típico pueblo rural. Visitar la capilla, un antiguo almacén de ramos generales, la estación de tren y por qué no, pescar en la laguna La Yesca.
La vieja escuela sigue en pie y, aunque ya no hay boletería, algunos vecinos insisten en conservar la estación como museo. En los fondos, hay una cancha de fútbol que solo se llena durante la fiesta anual del pueblo, en noviembre, cuando vuelven los hijos pródigos. Y cada año, el cura de 9 de Julio da misa bajo un ombú que ya sobrevivió tres rayos.
Isla Martín García, la historia se duerme entre ceibales
El viaje a Isla Martín García es distinto. Para llegar, hay que tomar una lancha desde Tigre o San Fernando. Y, de pronto, lo que parecía un Delta más, se convierte en una anomalía: una isla de jurisdicción bonaerense, en medio del río que comparte frontera con Uruguay. Pero eso es solo el dato técnico. Lo verdadero es que uno llega allí como quien entra en un libro viejo, con las páginas todavía vivas.
La isla fue prisión de presidentes (Yrigoyen, Perón, Frondizi), punto militar estratégico, centro de cuarentena y faro sanitario. Pero también es hogar: hoy viven unas 120 personas, entre fareros, guardaparques y familias que se resisten al abandono.
Las calles son de tierra roja. El aire tiene olor a guayaba y a historia. El antiguo teatro, que alguna vez tuvo butacas de terciopelo y hoy guarda telones raídos, se mantiene en pie como un milagro. Las antiguas panaderías militares ahora son parte del recorrido turístico, junto con el presidio, la escuela (donde asisten menos de diez chicos) y el cementerio, donde descansan las víctimas de epidemias que nadie recuerda.
El bosque de ceibos, ceibales y monte nativo en general, da sombra a un sendero que lleva hasta la costa rocosa. Desde allí se ve Montevideo, la costa oriental, más cerca de lo que se espera. Y para el atardecer, el río de la Plata parece una sábana dorada que se pliega entre los siglos.
Los visitantes suelen ir por el día, pero quedarse una noche en las cabañas del Parque Provincial es entrar en otro mundo. No hay supermercados ni apuro. Sólo el canto de los teros, la memoria de los presos, y un silencio que enseña.
Beruti, donde la pampa se detiene
Beruti está apenas a 20 kilómetros de Trenque Lauquen, pero se siente a mil. No solo por el ritmo, más lento y amistoso, sino por la forma en que los campos se abren alrededor como un mar inmóvil de pasto y cielo.
Fundado en 1890, supo ser paso de caravanas, centro agrícola y pueblo ferroviario. Hoy, con unos 1908 habitantes, se sostiene gracias al trabajo rural, el orgullo de su identidad y la cercanía con la laguna, un paraíso oculto para pescadores y observadores de aves.
Lo primero que llama la atención es la vieja estación con su galería de madera. Allí funciona ahora un centro cultural y un pequeño museo. Bares antiguos, a la vuelta de la plaza, donde se juega al truco y se discute fútbol con la pasión de las sobremesas largas. No hay semáforos. Tampoco hay apuro.
Uno de los encantos es su parque, un predio cuidado con esmero por los vecinos, con senderos, puentes de madera y una laguna chica donde anidan garzas. Al fondo, una pequeña biblioteca de ladrillos invita a leer al sol.
Los fines de semana, familias enteras se juntan a compartir el mate bajo los álamos. Y cuando llega la Fiesta del Inmigrante, en marzo, todo el pueblo se viste de colores, con desfiles, bailes típicos y comidas de abuelas que mezclan sabores italianos, vascos y criollos. “En 1893 el italiano Guazzone recogió 3.900.000 kilos de trigo y fue reconocido por el propio general Julio A. Roca en un discurso como ejemplo de trabajador. Lo llamó Rey del Trigo”, contó la historiadora local Patricia Buffarini.
En la iglesia, una placa recuerda a los fundadores del pueblo. Y en la panadería, todavía se hornea con leña. Los chicos juegan en bicicleta, los perros cruzan las calles sin miedo y el viento parece hablar bajito entre los eucaliptos.