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SUSURROS DE RÍO Y MAR

Donde la naturaleza habla


Hay lugares donde el viento no solo mueve los árboles, también cuenta historias. El cemento no interrumpe el horizonte tapizado por cultivos, cursos de agua y memorias. En el extremo este de la Provincia, Punta Indio aparece como una invitación al sosiego: el Río de la Plata se ensancha hasta volverse mar, los caminos de tierra llevan a reservas naturales y los pueblos conservan el pulso lento de lo auténtico.

En el corazón del destino, la Reserva de Punta Indio protege uno de los ecosistemas más valiosos del litoral bonaerense. Bosques de tala, espinillo y coronillo se entrelazan con pajonales y bañados habitados por carpinchos, ciervos de los pantanos y una infinidad de aves: son más de cien especies. 

El aire huele a sal y a tierra húmeda, y los senderos parecen diseñados para caminar sin apuro, guiados por el rumor del río y el canto de los horneros.

A pocos kilómetros, el refugio de arena y agua mansa El Pericón deja postales soñadas. Desde sus orillas, los atardeceres sobre el río se tiñen de dorado y las siluetas de los pescadores se recortan contra el horizonte. El punto perfecto para desconectar y sentir cómo ese mismo río que abrazó las orillas de los primeros pobladores aún marca el ritmo del lugar.

Sobre la playa, en la ribera del Río de la Plata, la silueta del Indio Querandí se alza mirando el horizonte. Forjado en hierro y de más de cinco metros de altura, este monumento fue creado en 1949 por el grupo de artistas Cultura Vallese como homenaje a los pueblos originarios Querandíes, primeros habitantes de estas tierras que aún parecen susurrar entre el viento y las aguas del río.
 



Pipinas

El Pueblo Turístico Pipinas guarda una historia que emociona. Nació en torno a una fábrica de cemento, creció al compás de su sirena y, cuando la planta cerró, pareció dormirse junto a su gente. Pero fue la comunidad la que decidió despertar. Vecinos y vecinas recuperaron el viejo alojamiento de la localidad y lo transformaron en el Hotel Cooperativo Pipinas Viva, símbolo de resiliencia y de un nuevo modo de entender el turismo: solidario, sustentable y profundamente humano.

Caminar por sus calles traslada a otra época. Los murales relatan memorias colectivas y sueños compartidos, las visitas guiadas conducen a descubrir los secretos de la localidad y de su fábrica, y el aroma de las carnes asadas, clásico de su gastronomía local, invita a quedarse un rato más.

Hay bicicletas apoyadas contra las paredes, un silencio amable que envuelve todo y una energía contagiosa irresistible para quedarse a compartir una comida casera, una charla o una tarde en la plaza y mates.
 



Desde la raíz

Punta Indio no busca deslumbrar con artificios: conquista con su esencia. La calidez de su gente, los sabores que se comparten en las mesas familiares y los paisajes donde la naturaleza tiene prioridad.

El destino ofrece paseos guiados por la ribera, cabalgatas y circuitos interpretativos, además de la posibilidad de practicar deportes náuticos como kayak, stand up paddle o travesías en canoa por los brazos del río. Lugar de encuentro con lo simple, el aire puro y la belleza de lo agreste.

Allí donde el río se confunde con el cielo y el tiempo parece detenerse, Punta Indio y Pipinas esperan, serenos, para recordar que todavía existen lugares donde la vida tiene otro ritmo.


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