Viví Las lagunas

FLAMENCOS, ESPEJOS AGUAS Y SILENCIOS

Travesía natural por la Provincia


Entre ruinas sumergidas y humedales vibrantes, la laguna Epecuén en Adolfo Alsina y la localidad de General Lavalle despliegan paisajes donde la biodiversidad aún resiste lejos de los grandes circuitos turísticos, con eventos naturales de inigualable belleza. Dos destinos que invitan a sumergirse en la poesía de la naturaleza bonaerense, entre flamencos, espejos de agua y estuarios vivos.

 

Amanecer entre espejos rosados en laguna Epecuén

Cuando los primeros rayos del sol rozan las orillas de la laguna Epecuén, la escena parece suspendida en el tiempo. En las aguas quietas, salinas y brillantes, el movimiento lento de cientos de flamencos tiñe el paisaje de matices rosados y blancos, como pinceladas sobre un espejo.

Ubicada junto a la ciudad bonaerense de Carhué, a 520 kilómetros de la Capital Federal, el espejo de agua conserva la memoria del antiguo pueblo sumergido y ofrece uno de los espectáculos naturales más singulares de la provincia de Buenos Aires: el avistaje de flamencos australes.

Las salidas de observación de aves se realizan durante todo el año desde la Secretaría de Turismo local a cargo de los guardaparques. En ocasiones especiales con grupos de escuelas de todos los niveles y talleres educativos. Y para el público general, todas las semanas.

En un entorno de tierras salobres, viejos terraplenes y árboles petrificados, los flamencos encuentran refugio y alimento. Las aguas ricas en minerales favorecen el crecimiento de pequeños crustáceos, responsables del tono rosado que caracteriza a estas aves de patas largas y vuelo elegante.

Quienes recorren las pasarelas naturales o simplemente se acercan en silencio a las zonas bajas de la laguna pueden contemplar escenas de singular belleza: flamencos alimentándose con movimientos gráciles, acicalándose bajo la brisa o despegando en bandadas que recortan siluetas vibrantes contra el cielo despejado.

La atmósfera, en Epecuén, tiene algo de mística. Entre las ruinas del antiguo balneario y los espejos interminables de agua, cada sonido es un eco lejano de un aleteo, el crujir de las sales bajo los pies que parece formar parte de una ceremonia natural.

 

Travesía de sentidos en General Lavalle

Más al este, en la frontera entre la llanura y el mar, a 336 kilómetros de La Plata, General Lavalle despliega otra postal inolvidable: la de sus humedales vastos, sus estuarios repletos de vida y sus canales de agua dulce que serpentean entre juncales interminables.

Desde el puerto local, pequeñas embarcaciones parten a diario para internarse en los brazos del río Ajó y la bahía Samborombón. Allí, el paisaje cambia constantemente, modelado por el juego sutil de las mareas y el viento.

En las mañanas claras, el río refleja el cielo como un vidrio líquido. Garzas moras y blancas se recortan contra el azul, mientras grupos de biguás pescan en bandadas coordinadas. Entre las matas de totora, se ocultan carpinchos, coipos y el ciervo de los pantanos, esa criatura esquiva y majestuosa que encuentra en estos humedales uno de sus últimos refugios.

En Epecuén, la flora halófila, adaptada a los suelos salinos extremos, ofrece una paleta de verdes grisáceos y rojizos, donde especies como la salicornia prosperan sobre superficies que parecen inertes. En los humedales de Lavalle, en cambio, los juncales, pajonales y bosques de tala componen un mosaico cambiante de hábitats que sirven de hogar a una enorme variedad de aves, mamíferos, reptiles e insectos.

La importancia ecológica de estos destinos motivó la creación de proyectos de conservación y turismo responsable. Guías capacitados, observatorios de aves y campañas de sensibilización ambiental buscan asegurar que la creciente afluencia de visitantes no altere el equilibrio natural de joyas bonaerenses.

Caminar entre los espejos de sal de Epecuén, navegar en silencio entre los cañaverales de Lavalle, o simplemente sentarse a observar cómo cae la tarde mientras una bandada de flamencos surca el horizonte.


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