En las orillas del Río de la Plata, la brisa huele a historia y las calles empedradas parecen conservar ecos del pasado. En Magdalena, la naturaleza y la tradición conviven en perfecta armonía: postas, templos y teatros centenarios, y una reserva natural declarada patrimonio del mundo.
La ribera y el silencio
Por ruta desde Capital Federal, camino a Magdalena, el paisaje se transforma en una sucesión de estancias, arboledas y escenografías rurales que conducen hacia la costa.
Los ejemplares de sombra de toro, ombúes y coronillos dibujan un corredor natural junto al río al llegar a Magdalena: un pueblo calmo que aprendió a vivir con el pulso del río y el canto de las aves. El sitio invita a caminar, cabalgar y disfrutar de la pesca deportiva, especialmente en los meses de invierno, temporada de surubíes.
El circuito de las playas, que inicia en la ciudad y se extiende hasta Atalaya y el Balneario de Magdalena, proponen descanso sereno entre arenas claras, hospedajes rurales y espacios pensados para disfrutar en familia.
El refugio natural de El Destino
A unos kilómetros del casco urbano, la Reserva Natural Privada El Destino se abre como un santuario de biodiversidad. Reconocida por la UNESCO como Reserva Mundial de la Biosfera, combina playas, pajonales, bosques y talares en un mosaico de vida. En su interior, antiguos ombúes y coronillos hospedan las orugas de la mariposa Bandera Argentina, cuyas alas coral parecen encenderse bajo la luz del mediodía, y fue declarada monumento natural.
Las caminatas por los senderos, entre el crujir de las hojas secas, la humedad del suelo y el trino de alguna de las más de doscientas especies de aves que habitan el lugar, activan una experiencia sensorial única.
El casco de estancia, rodeado de jardines y memoria, agrega un toque histórico a este refugio natural que une pasado y presente bajo el mismo cielo.
Ecos del tiempo en el corazón del pueblo
El alma de Magdalena también se reconoce en su patrimonio histórico. La Posta de Aguirre, de muros anchos y techo a dos aguas, conserva la huella del siglo XIX y la figura de Don Juan Manuel de Rosas. Fue allí donde los viajeros encontraban descanso y los caballos, relevo. Su arquitectura sencilla y su entorno rural la convierten en una postal viva del pasado.
El Teatro Español, inaugurado en 1899, se mantiene como símbolo cultural y orgullo local. Declarado Monumento Histórico, conserva un cielorraso abovedado en forma de estrella, escaleras de mármol blanco y un escenario que aún respira el eco de orquestas y compañías teatrales.
Y en el centro espiritual de la ciudad, la Iglesia Santa María Magdalena guarda la réplica de la imagen de Jesús Misericordioso, que le valió al pueblo el título de Ciudad de la Divina Misericordia. La fe y la historia se entrelazan con la misma delicadeza con que el río roza sus orillas.